viernes, 12 de junio de 2009

PRESA

Tocan a la puerta de mi boca, pidiendo salir de ella. Tras un largo trayecto desde lo más recóndito de mis entrañas, aparece tímida pero con vitalidad, pidiéndome salir al mundo. Golpea con fuerza el interior de mi boca, incluso tira firmemente de mis labios, pero el duende que habita en mi torre, ignora su petición. Cae pensativa en mi lengua y unos segundos después, noto cosquillitas en ella y sus pequeños piececillos suben por el conducto de mi nariz. Por un momento, la idea de un viaje por el tobogán de esta, se me pasa por la mente, pero con sorpresa, me percato de que sigue su rumbo hacia … mis ojos¡¡¡.


Posa sus diminutas manos en el mirador de mi cuerpo. De un cristal azul casi trasparente, admira un paisaje maravilloso. Y noto que produce en ella la misma sensación que en mí. Rezo por que entienda su reclusión, pero para mi desesperación, con pequeños golpecitos continúa su misión. Comienza a saltar, a hacer muecas, a mover los brazos. La congoja toma el poder en mi mirada y aquel que bucee en ella, sabrá lo que oculto.


Una persistente frase lucha por salir de mí. Cierro los ojos, desvío la mirada del objeto de mi atención. Pido a los ángeles que cese esta tortura, que esta frase caiga agotada y se de por vencida. Pero nuevamente la oigo corretear, en dirección a la torre.


Se encara al duende que maneja este cuerpo aletargado. Se encadenan en una lucha imposible de seguir, pues sus mentes lucidas vuelan en argumentos en este abrupto debate. Lucha sin tregua donde la joven frase no se amedranta ante el sabio duende. La pasión de ella acaba venciendo a la razón del duende, pero ya es tarde. Mientras ellos comparaban su fuerza e inteligencia, mi tren partió hacia otro rumbo.


Sentada en el banco de la estación, escucho los pasos apenados y marchitos de esa frase, que vuelve a lo más recóndito de mis entrañas.



Insthar Malar

(01/02/2009)
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