miércoles, 10 de junio de 2009

PERDIDO

¿Donde esta? Hace un instante, cogía de la mano a todo mi mundo. A la mujer de mi vida. A la que me construyo un mundo especial para mí. Aquella que me arropa por las noches, y que duerme con un ojo abierto por si algo me faltara .La que lucha contra fantasmas, enfermedades, y salvajes roba niños. Aquella que aprendió a volar para que yo fuera libre. Esa mujer inteligente y fuerte que regala su belleza al tiempo por verme sonreír. Pero, se ha marchado, me ha dejado.

Yo quiero tenerla cerca, sentir que su mano me coge fuerte. Miro a mí alrededor y no esta. Puede que se haya enfadado porque no quise comerme la sopa. Me siento en el suelo y mi mirada tan solo se fija en el suelo, en mi cabecita, recuerdo todas las veces que hice mal a mamá, que mis pataletas la pusieron triste y siento que eso pasara. Quiero volver a verla. De mis ojitos se escapa el miedo y la tristeza en forma de lágrimas. En silencio, lloro desconsoladamente, prometiendo que nunca más pondré triste a mamá.


A lo lejos, corria desesperada una mujer. Llamaba con insistencia a un pequeño. Omar decía. En esos instantes, como si un video juego se tratara, iba perdiendo vida poco a poco. Su rostro luminoso y joven perdía su firmeza para envejecer de repente. Su cuerpo antes fuerte, erguido y tonificado comenzaba a menguar, a languidecer, disminuyendo su tamaño, hasta parecer una anciana. A punto de desfallecer y caer desmayada, vio un bulto entre el gentío. El corazón volvió a palpitar con fuerza, la sangre viajaba por todo su cuerpo invocando a esa joven y bella madre .Respiro profundamente y se dirigió despacio hacia su hijo. Las piernas le temblaban, la voz se le quebraba, pero debía permanecer tranquila ante su niño. Con una sonrisa sincera y protectora se agacho donde se encontraba Omar y le acaricio la mejilla, mientras le decía: “Hola mi niño”. Le miro a los ojos y le cogió en brazos. Su corazón se quería fugar de su pecho. Omar tan solo la abrazaba, se escondía en su pecho, mientras gimoteaba. La besaba, la abrazaba, y se acomodaba en el pecho de su madre. En su cabecita, repetía una y otra vez “Nunca más, me soltare de tu mano”. La emoción le impedía poner letra a lo que su cuerpo gritaba, un amor sincero y pétreo.


Nunca más, soltare tu mano.

Insthar Malar

(23/01/2009)
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