sábado, 1 de mayo de 2010

CRÓNICAS DE LA ORDEN BARRFET XII : BAVARIAN


Los guerreros de la Orden, encargados de salvaguardar la integridad de los campesinos de la aldea, salieron al alba como cada mañana a los campos de cebada, alejados de la zona segura de la comarca.

Entre risas y chismes, caminaban Jostor, Shymor y Samhar, por la zona que tenían que vigilar cuando, sin percatarse, traspasaron una puerta tridimensional que les llevó a una tierra desconocida. Aparecieron en medio de cientos de guerreros de hipnotizantes ojos azules y enormes espaldas, que vestidos con una peculiar indumentaria, entonaban canciones al tiempo que brindaban con unas jarras repletas de un brebaje rubio.

Samhar escondido tras la figura de Shymor, maldecía el día en que se unió a esta pareja de enloquecidos y atrevidos guerreros. Todos los ojos se postraron en nuestros guerreros. La imponente estructura de Jostor y su mirada retadora, mantuvo a raya a los cientos de Bávaros que los observaban con sorpresa. Fue Shymor, bajo la protección indudable del Gran Jostor, el que aprovechó su habilidad con las lenguas, y con una sonrisa, brindó por los nuevos amigos. El jolgorio irrumpió como un torrente, los golpes sobre la espalda de Samhar lo dejaron postrado en una esquina, con una rubia en cada mano. Necesitaría de mucho brebaje para mitigar el dolor de ese saludo tan afectuoso.

Tras haber pasado un día entero entre esas gentes tan amables y serviciales, ante el asombro de los germanos, nuestros guerreros desaparecieron para volver a su tierra. La noche había caído en la aldea, y Lady de Mesthor junto a su padre, Pulhar, buscaban en el bosque cualquier indicio del joven Samhar, cuando vieron aparecer a los tres guerreros. Al cerciorarse de su bienestar, a pesar de una enorme borrachera, Lady zarandeó a Shymor, pues conseguían que su amado se fuera por el mal camino. Sus ojos se dirigieron a Jostor, pero se detuvo un instante y recorriendo la anatomía de este, desistió en darle su merecido.

A la mañana siguiente de este viaje y tras un sueño esclarecedor para Jostor. Este fue a hablar con la Orden al completo, y le expuso una idea interesante. Enamorado del refrescante sabor del brebaje germano, consiguió gracias a sus encantos que una exuberante y bien proporcionada Bávara, le diera los secretos de esa bebida, no sin antes acariciar los potentes músculos de nuestro guerrero, que era conocido por enloquecer a las jovencitas.

Tras varias semanas de planificación, llegó la noche en que haríamos participes a toda la comarca de un viaje a otro lugar, alejado de nuestras fronteras mediante sus tradiciones. Así fue como los guerreros más valerosos, se vistieron con el traje típico de Bavaria. Y las damas, ocultaron sus curvas, tremendamente peligrosas, bajo un traje con un escote de vértigo. Con una amabilidad propia de unos días de fiesta, y bajo el influjo de la Rubia, la alegría nos llevó a danzar bailes imposibles al ritmo de frenéticas notas. Un grupo de guerreros bajo las órdenes de Insthar, que por sus poderes había viajado hasta las tierras heladas para conocer sus tradiciones, danzaron hipnotizados por la luna, que ya regia en el cielo estrellado. Fue tal la locura inducida por ese brebaje, que Jhoanna entró en un trance de movimientos incontrolados, que mantuvieron a Gengius alejado de ella por posibles traumatismos. Joslun, junto a la inestimable compañía de muchas guerreras y la incansable vitalidad de Borjathan, se encargaron de alimentar los aguerridos vientres abultados de los visitantes, que rugían feroces ante la tardanza de sus manjares. Un acelerado Janthúr, movía incansable esas piernecitas para atender la demanda de los saqueadores, que exaltados pedían el brebaje, como si se les fuera la vida en ello. A su lado apostada en el último mostrador, Insthar enseñaba sus garras al atrevido Samhar, que buscaba arrebatarle el puesto que tan honradamente había conseguido gracias a su pericia y gran arte al administrar el brebaje bávaro.

Tras dos días, de un arduo trabajo y mucha diversión, todos descansaban en sus casas excepto un Giné, que caminaba malhumorado por la aldea buscando al artesano xur, y vociferando. “No me iré a dormir sin comer unos dulces xurrs”.
Insthar

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