(Imprescindible leerlo bajo la influencia de Lebanon Hanover " Gallowdance")
Desde la primera luz de nuestra existencia, programamos nuestro sistema. Partiendo de una acción y en base a la reacción provocada, moldeamos nuestra imagen al mundo y, en consecuencia, nuestra personalidad temporal.
Como cambiamos de armario en cada estación, la única diferencia es que nuestras estaciones son más largas: años, décadas… Incluso alguna vez, no se cambia nunca de temporada.
Mantenemos patrones mientras obtenemos lo que buscamos. Comenzamos a cambiarlos cuando aquello que obtenemos deja de motivarnos.
Y, mientras tanto, intentamos mantener el equilibrio entre el cielo y el mar, siendo un horizonte desequilibrado y obtuso. Una línea que, de lejos, parece perfecta, pero que, de cerca, es un caos desbordado e histriónico.
Yin y yang. Blanco y negro. Y tú, en medio, decidiendo cuánto blanco hay en cada agujero negro al que caes.
Sopesando si los besos que te dan mitigan la quemazón de los mordiscos.
Con una varilla de radiestesia, pendiente de encontrar agua, así seguimos buscando el equilibrio.
Y cuando el equilibrio se pierde, ya no hay blanco ni negro. Todo se impregna de un gris absorto, pegajoso y asfixiante.
Y ahí comienza el reto.
Separar las hojas de la paja. Buscar bajo los colchones los guisantes mágicos. Volver a poner cada piedra en su lugar, en el jardín japonés de tu alma.
Y todo ello entre mil demonios sudando anfetas mientras bailan trance.
Y, por supuesto, esos monos orquesta, que no paran ni un segundo. Ni siquiera cuando te perforas los tímpanos albergando el delirio de dejar de escucharlos.
Es en ese preciso instante, cuando quieres dejar de ser el horizonte amargo, cuando quieres dejar de ser el equilibrio, cuando buscas la explosión de tu anatomía e impregnarte de ese gris para dejar de ser una línea y convertirte, simplemente, en materia acompañada e inerte.
Con la única misión de mantener tu color.
Sin equilibrio.
Sin contenciones.
Simplemente materia inerte.
Y una tarde, cuando parece que el motor de tu cuerpo colapsó y se paró, despiertas.
Y lo haces sobresaltada por el sonido de una cimitarra cortando el aire, tras rebanar las chispeantes cabezas de los monos orquesta.
Al tiempo que un bazooka les revienta los tres estómagos a los demonios apocalípticos.
Todavía no reina el silencio.
Pero las chicharras son música celestial después del infierno auditivo.