Con el paso del tiempo, se fue difuminando su figura.
Perdiendo color, incluso creándose líneas vacías en su imagen.
Cubierta de una niebla que la iba apagando por dentro,
aunque conseguía reflejar un universo perfectamente confeccionado
para los ojos que se posaban en ella.
Una niebla que, a veces, provocaba lluvia; otras, huracanes,
mientras fuera de esa estación meteorológica impredecible,
siempre hacía sol, aunque su luz no fuera natural.
Sus pasos, cada vez, eran más pesados, más cortos, más accidentados.
Una tarde, mientras el sol terminaba su turno, escuchó un soplador
mientras notaba en sus piernas el fuerte golpe de aire.
No entendía. Sin mirar, caminó más rápido,
pero no cesaban aquel maldito ruido
ni el viento golpeando sus piernas.
Se paró.
Y gritó.
Y entonces, la vio.
Entre el pequeño resquicio que había conseguido abrir, la vio.
Entre la niebla espesa, la lluvia con granizo, la vio.
La atrajo hacia ella, la abrazó,
y su calor comenzó a mitigar
el frío que entre aquella niebla sentía...
Tardaría en entrar el calor,
pero una vez que la encuentras,
la esperanza, dicen, que es lo último que se pierde.
Insthar
05/09/26
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