Amaneció un bello día que comenzó a tornarse oscuro y lúgubre, pasada la tarde.
Negras nubes en la noche, que ocultaban la luna llena.
Los lobos, andaban en círculos, sentían el influjo pero no se bañaban con su luz.
En un aullido aterrador, el cielo crujió.
Provocando que las nubes, lloraran de terror.
De ellas, se precipitó nuestra protagonista, Elya.
Una diminuta pero atrevida gota, que caía riendo y girando sobre su eje de forma frenética.
Un viaje excitante y fugaz, que le dejó en el frio asfalto.
Lo cierto, es que a pesar del gélido contacto, le pareció atractivo esa capa de poderoso alquitrán.
Con la chispa en sus ojos, y su exasperante actividad, despertó en el alquitrán lo que ni el esperaba.
Likan, se llamaba.
Fue una noche de risas, conversaciones y silencios repletos de latidos acompasados.
Llegó la luz.
Likan al ser besado por el sol, su temperatura ascendió vertiginosamente.
Mientras el ardía en ese beso.
Elya se perdía en el espacio.
Intentó por todos los medios, abrazarse a su musculoso torso,
pero se fundía, se evaporaba por el contacto.
Hasta que … se fue.
Flotó sin rumbo.
Perdida en su ser, que ya no era el mismo que antes,
pero sin dejar de ser ella.
En un bucle, incesante, y desgarrador,
volvía a las alturas pero nunca volvería al lugar de donde saltó.
Nunca sería la misma, aunque se convirtiera en líquido.
Nunca volvería a ser esa gota que salto de una nube aterrada.
Nunca sería esa gota que se evaporo en un apasionado encuentro con el asfalto.
Nunca sería pero nunca dejaría de ser…
Porque la esencia de ser una gota siempre estará en ella, aunque cambié de estado.
Y, ese puede ser el secreto.
Ser capaz de perderte en cada experiencia, pero conociendo como encontrarte.
Insthar
13/09/26
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