miércoles, 15 de julio de 2009

MI ANGEL



Frente a las puertas del hotel, la maleta espera a mis pies, impaciente por ser vaciada. Como cada verano, vuelvo a mi lugar de descanso, un pueblo costero del mediterráneo que me ayuda a evadirme del ajetreo de la gran ciudad. Entro en el hotel, y una agradable recepcionista me acompaña a la tercera planta, donde se encuentra mi habitación, mientras me comenta las actividades que harán esa misma noche en la playa. Entre todas ellas, hay una que me incita curiosidad, una clase de Yoga Nidra a la luz de la luna. Decidida a probarla, le pregunto a la recepcionista todos los detalles de la clase. Tras ducharme y cambiarme de ropa, me quedan unos minutos para poder pasear hasta la playa, donde dejarme llevar como una pluma mecida por la brisa.
A lo lejos, observo como la profesora de Yoga lo prepara todo; velas, incienso, y la música, que nos ayudará a desconectar de este mundo viciado y frenético, que subyuga nuestra alma. Decido sentarme unos minutos en un banco del paseo, antes de acercarme a los demás. Fijo mi mirada en el mar, esta noche en calma, por la presencia de una luna radiante y hermosa, testigo de amores escondidos y encuentros fugaces. Respiro profundamente, acaparando toda la energía que me trasmite esta estampa, y serena, me acercó al grupo.
Un tímido saludo nace de mi garganta para morir en mis labios, al naufragar en unos ojos oscuros como el negro abismo. Anclada en ellos, muevo mis brazos luchando por emerger de sus densas aguas, cuando el saludo de Laura, la profesora, consigue arrastrarme nuevamente a la orilla de la realidad. De rostro apacible y mirada enigmática, ese caballero de tez morena y porte atlético ha desintegrado mi coraza, con tan solo una mirada.
Con una inquietud que acelera mi corazón, intento huir de esos ojos negros para concentrarme en la clase de meditación. Nos tumbamos formando un círculo, con el rostro en dirección al manto de estrellas, que nos vigilan desde el cielo. La arena fina y blanca recoge nuestro cuerpo y lo acomoda en su extensión, mientras las dulces palabras de Laura nos instan a explorarlo desde nuestro interior. Cierro los ojos, el sonido del mar funde mi masa con la arena, convirtiéndome en un granito más. Comenzamos un camino por el límite entre la consciencia y la inconsciencia, la realidad y los sueños. El aroma a sal, mezclado con el delicado rocío de la noche, me envuelve de una frescura mágica, que provoca la huida de mi ser para vagar por el cielo, ausente de nubes. Pero la negrura de mis miedos encoge las alas de mi mente, arrastrándola nuevamente a mi cuerpo, que descansa en la arena. Me sobresalto al explorar los recovecos de mi alma, dejando escapar una lágrima de impotencia, ante el abatimiento que me impide iluminar esta oscuridad.
En ese instante, un eléctrico roce me inunda de paz. Unos dedos suaves y delicados me toman la mano, que rendida yace sobre la arena. Me aferro con fuerza a ella, y me dejo llevar. Un nuevo viaje comienza, mi ánima se despega lentamente del envase que lo encarcela en este mundo mortal y se incorpora buscando al amo de esa mano. Es él. Vuelvo a hundirme en su mirada, pero esta vez no luchare por salir, descansaré en el sosiego de sus aguas, sintiendo cada gota por mi piel como si de sus manos se tratara.
Estoy tan cerca de sus labios, que escucho como susurran mi nombre, como reclaman mi cariño. Ha secuestrado mi razón y tan solo dirige mi barco una pasión desbordada, por un sentimiento arrebatador. Acaricio su mejilla, y respondo a su llamada, mis labios rozan los suyos, al tiempo que en mi ser explotan de euforia cientos de moléculas. Cientos de inquietos piececitos corretean por entre mis costillas de aire, mi corazón de seda palpita alocado por el alboroto y una centelleante sonrisa decora mi rostro. Dos esencias traslucidas, de humo y polvo de estrellas, vagan rumbo al infinito, donde dar rienda suelta a su amor.
Ante la ruborizada mirada de la luna, sus manos exploran mi efímera silueta, recorren mis largas piernas para desembocar en el valle de mi abdomen. Arqueo mi espalda implorando la continuidad de su excitante ternura. Sinuosas curvas trazadas que siguen el curso, entre las montañas de mis senos, hacia mi sedienta boca. Aprisiona mi rostro con sus manos, con una sensibilidad que hiere en su pureza y pone a mi merced su alma, con un cálido beso que envidiaría la misma Afrodita. Siento el latir de su corazón en mi espalda, me envuelve con sus poderosos brazos, mientras me susurra al oído, palabras encadenadas que originan una hermosa melodía. Me giro sin separarme de él, celosa del aire que se interpone entre nosotros. Mientras jugueteo con los rizos de su pelo, le miro fijamente a sus ojos que me llevan a una preciosa locura. Capturo las palabras que danzan por mi garganta, para regalarle aquello que mi corazón siente estando en sus brazos, cuando una fuerza sobrenatural tira de mí hacia la tierra. Me arranca de sus brazos, mi corazón se diluye entre las nubes, se aferra a él, no quiere dejarlo marchar. Con un grito ensordecedor vuelvo a la amarga conciencia. Me incorporo en la arena de la playa. Miro a mí alrededor, la clase ha terminado y todos recogen sus cosas y se marchan de vuelta al hotel.
Él, ya se fue y con el corazón encogido, me abstraigo con la mirada perdida, en la calmada marea de esa noche. La tristeza atormenta nuevamente a este cansado cuerpo. Las lagrimas conquistan el templo de mis ojos, pero unas palabras arrullan mis oídos, al tiempo que siento su mano en mi mejilla.”Nunca soltaré tu mano”. Una sonrisa volvió a mi rostro, mis labios escribieron en el aire su nombre, que tan solo acalló un apasionado y ansiado beso que unió aquello que la envidiosa luna quiso separar.
De vuelta al hotel junto a él, mis labios no derrocharon palabras, intentando que no se escapara ni un ápice de la felicidad que me colmaba. Tras la puerta de mi habitación, cogidos de la mano volamos hasta la luna, paraíso de amantes.
En esta noche inesperada, encontré aquello que no se busca. Lo encontré a él.

Insthar

 15 de julio de 2009
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