martes, 1 de marzo de 2011

DULCE SABOR ...



Hace días que dejé atrás la última aldea. Sin rumbo, camino al encuentro de mi destino. Bajo la noche más oscura, incluso la luna temerosa se esconde tras el horizonte. Mis pasos me han llevado a un bosque algo tétrico y fantasmal.

Escuchó las aguas de un rio cercano, que me muestra a lo lejos una cascada inmensa que cae fuertemente, a un lago de aguas claras. Mucho tiempo ha pasado tras el último baño, y no dudo un instante que merezco uno.

Mientras deslizo las correas que sujetaban las espadas a mi espalda, algo llama mi atención poderosamente. El crujir de las hojas secas que todavía pululan por el bosque, me saca del trance del magnífico baño que me llamaba con insistencia. Miro a mi alrededor, con mi cimitarra en la mano, pero tras unos instantes, decido relajarme y pensar en una ardilla juguetona la causante de esa inquietante sorpresa.

Deshago los nudos que aferraban a mi muslo, las afiladas dagas de ámbar verde, y me despojo de mi sarawil, recuerdo de mis viajes por la tierra seca.

Escondida bajo los restos de las últimas escaramuzas, de la sangre reseca de mis adversarios, de la tierra en la que la hoja de mi espada derramó la vida de los más aguerridos guerreros, que buscaban a la hechicera azul, aquella que había vilipendiado y arrojado a los infiernos el honor del Amo y Señor del condado vecino.

La frescura del agua acariciaba sus piernas mientras ella caminaba pisando las piedras, sintiendo su dureza en sus cansados pies. Se zambulló en el lago, saboreando en cada ápice de su cuerpo, la sensación maravillosa del abrazo fresco y vigorizante del líquido elemento, su pelo caía sobre sus hombros, ocultando su espalda, mientras dejaba caer el agua sobrante por su pelo oscuro.

Flotaba en la superficie, tumbada miraba al cielo sin luna, disfrutando del único momento de tranquilidad desde hacía semanas. Tras un largo baño, emergió de las aguas, como una diosa, resplandeciente, renovada e imponente. Sus curvas te condenaban a lanzarte a ellas, y perderte en su regazo, a zambullirte en su mirada transparente, para despertar amarrado a su espalda, con la certeza, de que pronto se marcharía, abogándole al intrépido enamorado a vagar por el mundo buscándola.

Agarró su larga melena, destilando la innecesaria agua de esta, cuando siete individuos la acorralaron. Lejos quedaban sus espadas, y las dagas mágicas, incluso sus ropajes, pero el miedo no tenía espacio en ella y menos por siete insignificantes orcos del valle.

Le miró con indiferencia a cada uno de ellos. Mientras, éstos gruñían exacerbados por un deseo salvaje de apoderarse de esa dulce víctima. Sus lenguas lamían las babas repugnantes que caían por su boca. El hedor emanaba de ellos con más intensidad, olor al deseo de devorar las prietas carnes de esa joven. El círculo se hacía cada vez más diminuto, dejándola en el centro, rodeada de lujuriosos animales. Sus bufidos chocaban con su rostro, como apestosas bofetadas que podrían asfixiar a cualquier dama, pero no a ella.

Dos orcos la sujetaron mientras sus manos acariciaban con fiereza su cuerpo, reptando por su abdomen para estrujar sus hermosos pechos. Lenguas rugosas que lamieron sus piernas perdiéndose en la oscuridad de su universo. Su cuello, mordido por colmillos machacados, arañado por negras uñas, rasgando su delicada piel.

Fue cuando uno de ellos, apretó su cuerpo contra ella, cuando desató la furia más irracional y cruel. Absorbida por los siete orcos, que le ocultaban de los dioses presentes, devorada sin piedad por una sed desmedida, tumbada sobre sus manos a unos metros del suelo, con un atrevido y mugriento orco, sobre ella, presentando lascivamente su pequeño guardián a las deseadas caderas de ella.

La tierra tembló, en un golpe certero y brusco. El cielo crujió, volviéndose sangriento mientras un viento comenzaba a bufar con fuerza. Entre las manos de los orcos, se movía imparable el cuerpo de la joven, poseída por una fuerza descomunal, que la llevaba a curvas su espalda como si el cielo la exigiera como trofeo, movimientos epilépticos, acompañados de gritos ensordecedores. Pero, todo calló, ante la obnubilada mirada de los orcos. El silencio reinó durante un segundo en ese bosque, hasta que una luz potente explotó en el cuerpo de la joven. Los orcos cayeron al suelo por la magnitud de la explosión, y cuando abrieron los ojos, encontraron cientos de serpientes donde antes se encontraba la guerrera. Serpientes gigantes, que danzaban sinuosamente al son de su cascabel, en busca de ellos.

Pronto, los siete orcos estaban bajo el poder de las serpientes. En una danza sensual, se enroscaban por su cuerpo, en el abrazo de la muerte, para rodear su cuello, buscando su óbito. Poco a poco, y dejando que el mugriento orco, sintiese como la vida se perdía segundo a segundo. Como su negro corazón dejaba de bombear sangre a sus tejidos, como el color de su piel se volvía cianótico. Aburrida de la espera, la serpiente en un movimiento brusco, giró sin piedad el cuello del animal, dejándole tumbado y muerto en el suelo. Tan solo quedaba el último orco, aquel que había manchado la piel de la joven con sus lujuriosos movimientos, con esa lengua rugosa y su aliento apestoso, el mismo que la había deseado y pretendía hacerla suya.

Las serpientes volvieron reptando hasta convertirse en la guerrera, tan solo una asfixiaba y contenía al insurrecto. Ella se acercó y con su daga, realizo en su cuerpo pequeños cortes, que ayudarían a que él se desangraba despacio. Llamó a la serpiente para que se fundiera en su cuerpo, ahora que el orco estaba bajo su control.

- Pobre ignorante, podría disfrutar mientras abro tu abdomen en dos, y esparzo tus vísceras por todo el bosque, para dar alimento a los animales, a los chacales, pero incluso para ellos, comer tu carne sería una maldición. Podría reventar tu cabeza a base de golpes con la piedra más fría y pétrea que pudiera encontrar, pero podrían escapar tus ideas y apagar a vida de las flores. Podría tirar tu cuerpo al rio de la muerte, y disfrutar como las pirañas devoran tu carne…ya ves, no me faltan ideas de cómo matarte. …. Pero, el tiempo es muy valioso y ya estoy perdiendo demasiado contigo. Mírame, perro inmundo…. y complácete de morir bajo mi cimitarra.

Clavó su poderosa mirada en él, mientras acariciaba con su daga el cuello de la bestia. La sangre brotaba de su cuello, bañándola en satisfacción, acaparando la maravillosa sensación de exterminar a un animal, a un salvaje que había tocado su tenue piel.

Excitada por la victoria, lamió su daga, saboreando el placer de la muerte de su enemigo. Imponente y felina, volvió a sumergirse en las tibias aguas del lago…. Mientras observaba como comenzaban a aparecer las hienas en busca de su banquete.

Insthar
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