Desde el primer segundo en que su boca acaparó mi mirada,
mi sistema nervioso expandió su poder por todo el espacio sideral.
Millones de «mini yo» querían romper mi piel para devorarlo.
Mientras, las neuronas de mi mente se quedaban embelesadas,
descifrando cada mínimo gesto de sus cejas, de su lengua,
esos pezones que buscaban libertad y que mi boca ansiaba.
Vendida.
Desterrada del trono de mi razón por esa mirada
que escondía miles de historias que necesitaba descubrir.
Sigo aquí,
con una sonrisa en los labios,
mientras me corroe un deseo irrefrenable
de desnudarle el alma.
Cada mirada.
Cada letra que emerge, retadora, de su garganta;
esa que me lleva al precipicio de su pecho,
donde se esconden sus pensamientos más íntimos...
Tres minutos y 38 segundos de una canción orgásmica,
donde se activa profusamente el sistema límbico,
el deseo.
Ahí.
Ahí estás.
Insthar
22/08/26
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